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El pecado de la inteligencia

Escrito por Alexis el . Publicado en Blog ANTPJI

Una mujer me muestra el blog de su hijo de doce años, un auténtico vademécum de faltas de ortografía y otros errores gramaticales. El chico ignora lo que es una tilde, no distingue sustantivos propios de nombres comunes y cree que no hay mucha diferencia entre elegir una u otra letra para cada ocasión.

Me ofrezco a darle clases gratuitas al pequeño, pero ella las rechaza. Justifica el apocalíptico vómito gramatical del blog aludiendo a los vicios de Whatsapp, al estado de adolescencia del pequeño y al programa con el que el que este redacta las entradas. Una herramienta que elimina algunas tildes correctas, pero no todas, y que arranca los nombres de muchas empresas con minúscula, pero que tampoco lo hace siempre.

 

Me explica la madre que el niño “escribe mejor que otros que tienen más edad” y luego añade que redacta mejor que sus primos mayores. Argumento que elimina cualquier posibilidad de adquisición de conocimiento, pues generalmente siempre hay alguien peor. No anda desencaminada del todo: supongo que este niño sigue aprobando exámenes porque el nivel de sus compañeros es bajísimo también. Igualémonos siempre por abajo. No escuchemos jamás al erudito. La mujer añade el argumento delirante de que ella domina a la perfección la ortografía. Le contesto que no es ella quien debe juzgar su propio trabajo y le recuerdo que estamos hablando de la ortografía del crío, no de la suya.

Bloquear la transmisión de conocimiento despreciando las fuentes de autoridad es nuestro último logro en materia de educación. No escuchamos a los sabios, pero tampoco a los más inteligentes ni a los mayores. Esto no es universal: algún amigo ligón me comenta que, en cuanto conocen España, sus novias extranjeras terminan preguntándole si a los españoles no nos importa saber nada ajeno al balompié. Ninguneamos al anciano, sobre el erudito comentamos despectivamente que “es un intelectual” y ni siquiera intentamos comprender al más dotado: lo apartamos por raro. Hemos llegado a desconfiar tanto de la inteligencia, que la hemos cambiado de categoría: ya no es virtud, sino problema.

Tenemos un niño con altas capacidades, que es el eufemismo de superdotado, y pronto escuchamos una advertencia: “esos niños son muy problemáticos”. Claro que son diferentes, pero el que se conviertan en problemáticos o no también será resultado de su interacción con el entorno. Si este es siempre hostil, si los miramos como a bichos raros y les llamamos empollones, sí que se generarán problemas. La alta capacidad de percepción y análisis de los pequeños captará malas vibraciones contrarias a su singularidad. Desconfianza. Los miembros de la asociación de superdotados Mensa no osan señalar en sus currículos cuál es su cociente (que no coeficiente) intelectual.

España es el país en el que el inteligente es “un listo”. Me cuentan que la vida del superdotado se convierte en un problema en ocasiones. La inteligencia no debería ser un defecto por el que señalar a la gente, pero ser brillante es un baldón que a menudo arrebata posibilidades de promoción laboral al individuo. Los de abajo desconfían y los de arriba no quieren junto a ellos a nadie demasiado eficaz.

Imaginemos una distopía lejana en la que la estupidez hubiera tomado el poder. Fútbol y televisión acapararían el 90% de la atención de la gente, pero denunciar esto se consideraría políticamente incorrecto. Los biempensantes dirían que el deporte es bueno sin matizar que lo es cuando no se convierte en obsesión. Repetirían siempre que “en la tele hay muchas cosas interesantes”, pero no entrarían en la cuestión de los porcentajes: para encontrar un minuto nutritivo de programación hay que consumir más de cien de detritos. Todos sabrían que para estar sanos debemos hacer ejercicio, pero casi nadie añadiría que leer también lo es. Los niños pequeños verían la tele en sus propias tabletas, de modo que ellos elegirían la programación. A la larga, terminarían constituyendo una audiencia coprófaga de televisión.

En cuanto a los periódicos, los de nuestra distopía serían previsibles: toda la opinión de derechas o bien de izquierdas, con periodistas sospechosamente alineados con el partido azul o con el partido rojo. Plumas y lenguas de alquiler, capaces de cambiar de opinión por dinero como vulgares diputados, que se caracterizarían porque podríamos saber de antemano qué van a comentar sobre cada asunto.

El país en cuestión se convertiría rápidamente en un desierto de la inteligencia. El espejo del lenguaje de masas sería el de los periodistas y estos escribirían “accidente fortuito” por falta de comprensión lectora, porque ignorarían que todos los accidentes lo son. Ellos habrían recibido una educación similar a la del niño del principio. Eliminarían el sustantivo “conflicto” para decir “choque de trenes”. En lugar de hablar de límites se referirían a “líneas rojas” y llegaría un momento en el que casi nadie entendería su sopa de tópicos. Así se irían licuando los cerebros en esta sociedad intelectualmente enferma. En ella, los periodistas deberían mostrar más vatios de succión que capacidad crítica y los tontos cobrarían gran notoriedad. No porque fueran más numerosos que en otros países, sino porque serían más notorios: alcanzarían como mínimo el rango de secretario de Estado.

Fuente: http://www.bez.es/643554807/pecado-inteligencia.html

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